Un país que mira a Occitania

La compleja orografía de la Val d’Aran ha sido su gran frontera natural con la Península Ibérica. Con casi una mitad del territorio por encima de los 2000 metros de altitud y un clima atlántico que hace que durante varios meses al año sus puertos de montaña estén cubiertos por una gruesa capa de nieve, Val d’Aran vivió prácticamente aislado hasta 1948, año en el que se inauguró el túnel de Vielha que le acercó definitivamente al resto de Cataluña. Por el contrario, la aguas que fluyen hacia el norte del río Garona son también las puertas desde las que el valle siempre ha mirado a Francia y el puente con la cultura occitana del sur francés con la que a lo largo de la historia ha estado especialmente ligado.

Tierra de influencias

Desde la Edad de Bronce, época de la que datan sus primeros habitantes, en las tierras de la Val d’Aran han dejado su huella civilizaciones y pueblos muy diversos a través de un patrimonio artístico y cultural único y de gran riqueza. Algunos yacimientos de gran belleza del Alto Arán –principalmente en la zona del Plà de Beret– y otros restos funerarios hallados dentro del ámbito del Parque Nacional de Aigüestortes i Sant Maurici, lo atestiguan.

Ya en el siglo III a.C., el historiador griego Polibio hablaba de la existencia de una tribu autóctona llamada Arenosi, mientras que el origen de la lengua que hoy conocemos como aranés, hay que buscarlo en el siglo I a.C. También en este periodo el emperador Pompeyo Pompei anexiona todo el Valle del Garona como territorio perteneciente a Roma. Algunos interesantes restos de este periodo romano pueden contemplarse alrededor de las aguas termales de los municipios araneses de Les, Arties y Tredòs. Junto a los vestigios arquitectónicos quedan también, y de forma especial, los lingüísticos, ya que el idioma local de origen vasco de aquel momento, conocido como gascón, se mezcló con el latín de los romanos dando como resultado el aranés que, con la lógica evolución, ha persistido hasta hoy.

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Las iglesias románicas son testimonio de la cristianización que experimentó el Valle tras la caída del imperio de Carlo Magno. (Santa Maria de Arties)

La cristianización de la Val d’Aran también fue intensa. Muestra de ello son los restos que se conservan de la época Paleocristiana encontrados en Garòs, cuyo yacimiento sigue siendo hoy objeto de investigación, y del cual puede verse un fragmento en el Camin Reiau a su entrada por detrás de la iglesia parroquial del pueblo. Las iglesias románicas, muchas de ellas con fases añadidas en la época gótica, renacentista y barroca, son también testimonio de la cristianización que experimentó el Valle tras la caída del imperio de Carlo Magno.

Sin feudalismo y con autonomía

Los siglos XI y XII fueron de gran intensidad para la Val d’Aran. Tras muchos intentos de invasión por parte de pueblos extranjeros, a partir del siglo XIV nobles francos e hispanos se enzarzaron en luchas y disputas con el fin de gobernar el Valle con fórmulas feudales y el apoyo de reyes y señores. No obstante, los araneses pudieron mantener su sistema de autogobierno, el Conselh con una división territorial propia basada en los terçons (tercios) con sus correspondientes conselhers (representantes) y el Síndic d’Aran, y un sistema de tierras comunales donde la casa y la familia eran la base de la organización social y económica.

A pesar de los muchos vínculos culturales que les unían a Francia, los araneses decidieron voluntariamente quedarse al lado de la corona Catalano-aragonesa ya que sus reyes reconocieron y respetaron su organización administrativa mediante diferentes tratados y documentos, especialmente con Era Querimònia –verdadera carta magna de Aran- de Jaime II, a finales del siglo XIV. Así fue como el feudalismo nunca llegó a cuajar en la Val d’Aran, como tampoco lo hizo otra lengua que no fuera la variante gascona de la lengua d’Oc u Occitano que se habla actualmente, y que evolucionó directamente del latín, pero en paralelo e independientemente de la lengua de Oil, que derivaría en el actual francés.

La historia no olvida

Durante siglos la casa aranesa ha sido la base de la economía, y la organización administrativa siempre estuvo en manos de los propios araneses, incluso en la época absolutista de Felipe V que en 1717 no la incluyó en el Decreto de Nueva Planta. Aún así y pagando un alto precio, los araneses mantuvieron sus privilegios, con la imposición del tributo Galín Reiau que tenía que pagar cada casa sin excepción.

Cien años más tarde, la Val d’Aran viviría otra invasión, la de 1810 en manos de Napoleón Bonaparte. En 1815 rey francés Luís XVII lo devolvería a la corona española para que la regenta aboliera los privilegios que los araneses habían logrado conservar con muchos esfuerzos desde hacía siglos, y de este modo incluyera Val d’Aran en la nueva provincia de Lleida.

Los años sucesivos fueron también turbulentos. Dos repúblicas y dos dictaduras también azotaron a Val d’Aran: la llamada Dictablanda de Primo de Ribera y, tras la Segunda República, la dictadura del General Franco. En estos periodos, los privilegios conquistados durante siglos se perdieron en los avatares de la Historia. Pero los araneses no olvidarían su lucha y sus derechos históricos…

Con la llegada de la Democracia, los prohoms – personas encargadas de vigilar la actuación de las diferentes administraciones aranesas- no dudaron en reivindicar de nuevo sus privilegios y en 1979 se reconoció “el hecho diferencial” de la Val d’Aran. Pero no será hasta 1990 cuando se recupera el sistema administrativo propio aranés, con los seis conselhers (uno por cada terçon) y el Síndic, esta vez elegidos democráticamente mediante el voto y el sufragio universal.

El 7 de junio de 2009, coincidiendo con el 25 aniversario de la restitución del Conselh Generau d’Aran y su organización administrativa, se presentó a la Conselleria de Governació de la Generalitat de Catalunya la propuesta de la Nueva Ley de Aran, que profundiza en las actuales competencias del gobierno autonómico aranés.